Un teléfono cabe en una mano. La infraestructura que sostiene muchos de sus servicios puede ocupar varias manzanas. Cada vez que recuperamos una foto, abrimos una serie o le pedimos a una inteligencia artificial que nos explique una noticia, ponemos a trabajar computadoras que están lejos de nuestra pantalla. Viven en centros de datos: edificios que almacenan información, la procesan y la envían de vuelta. Allí sucede buena parte de lo que, por comodidad, llamamos «la nube».
Si pudiéramos seguir ese viaje, terminaríamos entre pasillos de servidores, cables y equipos de refrigeración. También encontraríamos baterías y generadores preparados para mantener el servicio cuando algo falla. Todo está pensado para que, de este lado, podamos seguir mirando la película o haciendo una transferencia sin preguntarnos qué acaba de romperse a miles de kilómetros. Esa tranquilidad tiene una infraestructura detrás. Y durante mucho tiempo casi no la miramos: la nube nos permitía guardar recuerdos, trabajar a distancia y contratar servicios informáticos sin tener que comprar y mantener todas las máquinas necesarias. Una pequeña empresa podía acceder a herramientas antes reservadas a organizaciones con grandes presupuestos; un equipo de investigación, disponer de capacidad de cálculo sin montar su propio centro. Su crecimiento acompañaba cosas que ya habíamos incorporado a nuestra vida.
Hasta que llegó la carrera por la inteligencia artificial.
La carrera por la IA llena los centros de datos
Los centros de datos ya existían, pero ahora deben hacer lugar a modelos capaces de escribir, programar y generar imágenes o videos. Entrenarlos exige muchísimo cálculo; utilizarlos también. Cada nueva aplicación suma usuarios y cada servicio que incorpora IA agrega trabajo a esas máquinas. Google, Microsoft, Amazon y Meta están ampliando instalaciones para responder a esa demanda y anticiparse a la siguiente. Construyen lo que necesitan hoy y lo que creen que necesitarán mañana. En esa diferencia cabe tanto una oportunidad como el riesgo de invertir de más.
¿Cuánta electricidad consumen los data centers?
La expansión se vuelve más fácil de imaginar cuando miramos el enchufe. La Agencia Internacional de Energía prevé que el consumo eléctrico de los centros de datos casi se duplicará entre 2025 y 2030. Al final de ese período sería del orden del consumo anual de Japón. La cifra incluye todos los centros, no solamente los dedicados a IA, y representaría alrededor del 3 % de la electricidad mundial. Ambas comparaciones importan: estamos ante una actividad de enorme escala, aunque lejos de absorber la mayor parte de la electricidad del planeta.
Hay otra comparación que revela cuánto está cambiando la economía. La IEA proyectó que, hacia 2030, Estados Unidos podría utilizar más electricidad en sus centros de datos que en la producción de acero, aluminio, cemento, productos químicos y los demás bienes industriales intensivos en energía, sumados. Electricidad, conviene precisar, no toda la energía que utilizan esas industrias. Aun así, la imagen resulta elocuente: una parte creciente del esfuerzo industrial estará dedicada a producir lo que vemos en una pantalla.
Pero esa electricidad tiene que llegar a alguna parte.
Un país puede generar suficiente durante el año y carecer de una conexión capaz de abastecer un gran centro en el lugar elegido. Hacen falta líneas, subestaciones y suministro continuo. De ahí que los operadores busquen terrenos con acceso a energía y fibra óptica, y que el clima fresco sea una ventaja para refrigerar. Algunas tareas necesitan estar cerca de sus usuarios para responder rápido; otras, como entrenar un modelo, admiten mayor distancia. La nube tiene una geografía bastante concreta, y empieza a tener vecinos que preguntan qué ganarán con su llegada.
¿Cuánto empleo deja un data center?
Durante la construcción, la respuesta se ve: obras, trabajadores, proveedores. Después cambia. Un estudio legislativo en Virginia recogió una referencia de unos 50 trabajadores a tiempo completo, incluidos contratistas, para un edificio típico de aproximadamente 23.200 metros cuadrados. Meta anunció más de 100 puestos operativos para su campus de Beaver Dam, de unos 65.000 metros cuadrados, frente a alrededor de 1.000 durante la obra. Son casos de distintas escalas, no una fórmula universal, pero ayudan a entender el tipo de inversión: mucho dinero en equipos e infraestructura, con plantillas relativamente pequeñas una vez que todo funciona.
Para la comunidad, el balance también incluye los contratos que queden en empresas locales, la formación de trabajadores y las ampliaciones de las redes. Del otro lado están el ruido, el terreno ocupado y los materiales necesarios para construir y renovar los equipos. El beneficio no se deduce solamente del monto anunciado. Tampoco basta con que el edificio parezca limpio y silencioso desde la carretera para conocer su impacto.
¿Cuánta agua usan los centros de datos?
Dentro, hay algo que nunca deja de producirse: calor. Cualquiera que haya apoyado una computadora exigida sobre las piernas conoce el problema. Multiplicado por miles de equipos, obliga a refrigerar continuamente. Evaporar agua es una manera eficaz de hacerlo, y así llegamos al recurso que suele dominar la controversia.
Los números aislados ayudan poco a entenderlo. El Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley estimó que todos los centros de datos de Estados Unidos consumieron directamente unos 66.000 millones de litros en 2023. Ese mismo año, International Paper, multinacional de papel, celulosa y embalajes, declaró aproximadamente 69.500 millones en sus operaciones mundiales. Son magnitudes parecidas: un sector de un país frente a una compañía global. La comparación sirve para ubicar el volumen dentro de la actividad industrial; no significa que tengan los mismos impactos ni que fabriquen cosas equivalentes.
Además, se está comparando consumo, no toda el agua que entra: una papelera puede devolver gran parte después de tratarla; la que se evapora no vuelve al abastecimiento local. Tampoco son huellas completas, porque producir electricidad y fabricar equipos requiere recursos adicionales. Y, sobre todo, esos litros salen de algún lugar. Un volumen manejable junto a una fuente abundante puede generar problemas en una cuenca golpeada por la sequía. La escala global orienta; la disponibilidad local decide buena parte del conflicto.
Por fortuna, el diseño permite cambiar esa cuenta. Se puede aprovechar el aire exterior, emplear agua recuperada o hacer circular un líquido que transporte el calor y vuelva a enfriarse sin evaporarse. Microsoft anunció centros diseñados para evitar la evaporación en la refrigeración, aunque reconoce que necesitan algo más de electricidad que sus diseños evaporativos. Ahorrar un recurso puede exigir más de otro: encontrar la combinación adecuada es parte del trabajo de ingeniería.
Más eficientes, pero también más usados
La transformación continúa en un lugar menos visible: los programas. Resolver mejor una tarea evita cálculos y permite aprovechar más los equipos. Google informó que, entre mayo de 2024 y mayo de 2025, la energía de la consulta mediana de texto de Gemini se redujo 33 veces. Es una medición de la empresa, limitada a ese servicio y sin verificación independiente. Aun así, ayuda a entender por qué los consumos actuales no pueden proyectarse hacia adelante como si la tecnología fuera a quedarse quieta.
Aquí la historia parece dar un giro tranquilizador. Si cada tarea necesita menos recursos, debería aflojar la presión. El inconveniente es que también hacemos más tareas: si cada operación consume la mitad, pero repetimos el triple, el gasto total aumenta un 50 %. Además, empezamos a pedir cosas distintas. Generar un video exige más trabajo que responder una pregunta breve. La misma mejora que permite ahorrar vuelve posibles usos que antes resultaban demasiado caros.
¿Habrá una meseta después del boom?
De esa carrera depende lo que suceda después del boom. La demanda podría seguir creciendo más rápido que la eficiencia. También podría madurar: encontrar usos estables que las máquinas fueran capaces de atender sin multiplicarse al ritmo actual. Y algunos proyectos podrían frenarse porque sus costos, sus conexiones eléctricas o sus ingresos no acompañaran las expectativas.
La meseta es, por tanto, una posibilidad con condiciones. La IEA incluyó en su informe de 2025 un escenario alternativo de estabilización de la demanda eléctrica después de 2030, por una combinación de menor expansión y mejoras técnicas. Su actualización de 2026 mantiene el crecimiento como previsión central. Incluso con un consumo estable podríamos recibir más servicios: hacer más con la misma energía es justamente la promesa de la eficiencia.
Esa promesa merece atención. Refrigerar mejor, evitar trabajo informático innecesario y elegir ubicaciones adecuadas son caminos reales para reducir las presiones. Sus resultados deberían medirse con la misma atención que ponemos en los anuncios de inversión.
Mientras tanto, volvemos a tocar la pantalla. La foto aparece, la traducción llega, la película continúa. Casi nunca pensamos en el edificio que lo hizo posible, y esa comodidad es parte de su valor. Ahora que esos edificios se multiplican, también necesitamos mirar lo que ocurre alrededor. La nube puede aprender a gastar mucho menos. Para sus vecinos, la diferencia estará en que ese progreso se note fuera del teléfono.
¿Y en Uruguay?
Estas preguntas ya tienen dirección local. En 2021 Google compró 30 hectáreas en el Parque de las Ciencias, en Canelones, para instalar un centro de datos. El diseño original preveía usar hasta 7,6 millones de litros diarios de agua potable para refrigerar, una cifra que se conoció en plena sequía de 2023 y desató la polémica. El proyecto se rediseñó: un solo edificio, un tercio de la capacidad prevista y refrigeración por aire en lugar de agua. En agosto de 2024 se colocó la piedra fundamental de una inversión de más de 850 millones de dólares.
El 14 de octubre de 2026 el gobierno anunció otro proyecto, de la española Solaria, por 5.700 millones de dólares. Lo que se sabe hasta ahora:
- Una primera fase de 200 MW de centros de datos en Canelones y San José, y 300 MW de energía solar en Florida, prevista para 2029–2030.
- Más de 3.000 puestos durante la construcción; no hay datos públicos sobre el empleo una vez en funcionamiento.
- Tampoco se informó todavía qué sistema de refrigeración usará ni cuánta agua consumirá: las mismas preguntas de este artículo, ahora con nombre propio.
¿Y si parte de lo que se construye termina sobrando? Lo analizamos en Data centers: los gigantes que están construyendo para alimentar lo que viene.