Un centro de datos dedicado a inteligencia artificial puede consumir tanta electricidad como cien mil hogares. Para los mayores proyectos que estaban en construcción en 2025, la Agencia Internacional de la Energía calculaba una demanda veinte veces superior: el equivalente a dos millones de hogares. Detrás de una pantalla donde apenas vemos aparecer palabras, estamos levantando instalaciones con necesidades eléctricas de ciudades enteras. Y lo hacemos mientras la tecnología que deberían alojar cambia más rápido de lo que tarda en terminarse la obra.

Ahí empieza lo interesante: cuánto de esa infraestructura necesitaremos dentro de diez años todavía está por verse.

De una foto en el teléfono a un edificio que pide electricidad como una ciudad

Para entender la apuesta conviene empezar por algo mucho más pequeño: una foto enviada desde el teléfono. Cuando queda guardada en la nube, termina en computadoras instaladas en algún lugar concreto. Un centro de datos es el edificio que reúne esas máquinas —los servidores— y todo lo necesario para mantenerlas funcionando: conexiones, electricidad, refrigeración, baterías y equipos de respaldo. Allí se almacenan archivos, se procesan pagos, se distribuyen películas y se ejecutan programas que usamos a distancia. Es una parte de la infraestructura cotidiana que rara vez miramos, salvo cuando falla.

Durante años, esas instalaciones crecieron acompañando nuestra costumbre de trasladarlo todo a internet. Entonces llegó la inteligencia artificial y cambió el tamaño de la apuesta. Entrenar un modelo requiere enormes cantidades de cálculos; atender después a millones de personas que le piden respuestas, imágenes o videos exige seguir calculando. Cada nueva aplicación abre otra posibilidad de negocio y agrega trabajo a las máquinas.

¿Quién construye los data centers de IA y por qué es una apuesta?

Amazon, Microsoft, Google y Meta están entre las empresas que construyen esa capacidad. Sus inversiones sostienen servicios que ya utilizamos, pero también anticipan otros cuyo éxito todavía deben demostrar. Para una compañía tecnológica, quedarse sin infraestructura puede significar perder una carrera decisiva. Para quienes deben ampliar las redes eléctricas, en cambio, adelantarse demasiado puede dejar obras costosas esperando clientes.

Los plazos tampoco ayudan. Un programa puede cambiar en semanas. Una línea de transmisión puede tardar años.

Un programa puede cambiar en semanas. Una línea de transmisión puede tardar años.

¿Cuánta electricidad van a necesitar los centros de datos hacia 2030?

La escala permite entender esa tensión. La AIE proyecta que los centros de datos aproximadamente duplicarán su consumo eléctrico entre 2025 y 2030. Al final de la década necesitarían una cantidad de electricidad del orden de la que consume Japón entero, según la comparación utilizada por la agencia. Aun así, representarían alrededor del 3 % de la demanda eléctrica mundial. Ambas imágenes son ciertas: un país industrial enorme, pero una porción relativamente pequeña del total. El problema aparece cuando esa porción se concentra en unos pocos lugares.

Porque estos edificios necesitan una dirección. Buscan terrenos, conexiones de fibra óptica, suministro confiable y, para ciertos servicios, cercanía a los usuarios. Una zona que reúne esas condiciones atrae una instalación y después otras. Lo que en una estadística mundial parece manejable puede convertirse, para una red local, en una ampliación urgente.

¿Cuánto empleo deja un data center una vez terminado?

También cambia el paisaje económico, aunque de una manera menos intuitiva de lo que sugieren los anuncios millonarios. En Beaver Dam, Wisconsin, Meta anunció una inversión de 1.000 millones de dólares, con alrededor de 1.000 empleos durante la construcción y más de 100 puestos operativos una vez terminado el centro. La diferencia cuenta una parte importante de la historia: levantarlo requiere mucha más gente que mantenerlo funcionando. Gran parte del dinero queda invertido en edificios y equipos.

No existe una plantilla universal. Un informe público de Virginia describe instalaciones de unos 23.000 metros cuadrados con alrededor de 50 trabajadores a tiempo completo, incluidos contratistas. Los complejos mayores pueden emplear a cientos. El beneficio para una localidad, por lo tanto, debe considerar también proveedores, impuestos e infraestructura, junto con el ruido, el uso del suelo y el costo de ampliar servicios. Contar empleos de obra como si fueran permanentes distorsiona esa evaluación.

Calor y agua: por qué la ubicación lo cambia todo

Dentro del edificio, mientras tanto, toda esa actividad tiene una consecuencia que cualquiera que haya apoyado una computadora sobre las piernas conoce: calor.

Multiplicado por miles de equipos, enfriarlos se vuelve una tarea industrial. Algunas instalaciones aprovechan el aire exterior; otras utilizan sistemas que evaporan agua para retirar calor. Esa evaporación explica buena parte de la preocupación hídrica. Pero decir que un centro consume millones de litros sirve de poco sin aclarar durante cuánto tiempo, con qué tecnología y en qué lugar.

Una comparación ayuda a poner los números en perspectiva. El Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley estimó que todos los centros de datos de Estados Unidos consumieron directamente unos 66.000 millones de litros de agua en 2023. Ese mismo año, International Paper declaró un consumo mundial de aproximadamente 69.500 millones de litros. Es decir: el consumo directo de los centros estadounidenses fue parecido al de las operaciones globales de una sola gran multinacional del papel y los embalajes. Son perímetros distintos, pero comparan la misma magnitud —agua consumida— y el mismo año.

La comparación da escala; la ubicación determina buena parte del problema. Consumir agua donde abunda tiene consecuencias diferentes de hacerlo en una cuenca bajo presión. Tampoco es lo mismo extraerla y devolverla que evaporarla. Y la cifra de los centros estadounidenses no incluye el agua utilizada fuera de ellos para producir su electricidad. Sin esas distinciones, es fácil exagerar el impacto o minimizarlo.

¿Se puede enfriar sin evaporar agua y reaprovechar el calor?

Aquí el futuro ya empieza a modificar la discusión. Microsoft presentó diseños que recirculan líquido en circuitos cerrados y evitan consumir agua por evaporación para refrigerar. Eso no significa que el edificio deje de necesitar agua para cualquier uso, ni que toda la industria haya adoptado el sistema. Además, prescindir de la evaporación puede exigir más electricidad. La mejora consiste en elegir una solución adecuada al lugar, con sus ventajas y sus costos.

El calor, incluso, puede encontrar un destino más útil que perderse en el aire. En Espoo, Finlandia, un conjunto de nuevos centros está previsto para aportar calor residual suficiente para unas 100.000 viviendas. Mediante bombas de calor y tuberías, aquello que sobra en las salas de servidores puede ayudar a calefaccionar casas. Hace falta una red cercana y demanda de calefacción; trasladar la idea a cualquier clima sería absurdo. Pero permite imaginar una relación distinta entre estos edificios y sus vecinos.

¿La IA consume cada vez menos energía por consulta?

La transformación más difícil de anticipar ocurre, sin embargo, dentro de los propios equipos.

Google informó que, entre mayo de 2024 y mayo de 2025, la energía necesaria para atender una consulta de texto mediana en Gemini cayó a una trigésima tercera parte: una reducción cercana al 97 %. Según su medición, esa consulta consumía una electricidad comparable a encender un televisor durante menos de nueve segundos. Son cifras de la empresa para un servicio y una tarea específicos; generar videos o resolver problemas complejos puede exigir mucho más. Pero muestran por qué proyectar el futuro multiplicando el consumo de ayer por los usuarios de mañana puede llevar a errores enormes.

Sería tentador concluir que la eficiencia terminará frenando por sí sola la demanda. La historia tecnológica ofrece motivos para desconfiar de esa comodidad. Cuando algo se vuelve más barato, encontramos más maneras de usarlo. Una herramienta que antes consultábamos ocasionalmente puede pasar a trabajar de manera continua, revisando documentos, escribiendo programas o generando imágenes. El ahorro por tarea convive con la multiplicación de tareas.

¿Puede haber una burbuja o una meseta de data centers?

De ahí que una futura meseta sea posible, aunque todavía no podamos darle fecha. Podría llegar si se modera la adopción, si algunos negocios no justifican sus costos o si las mejoras técnicas permiten atender más necesidades con menos recursos. La AIE exploró un escenario de estabilización después de 2030 bajo condiciones de menor expansión y mayores obstáculos. Su previsión central, en cambio, sigue mostrando crecimiento.

Las dos carreras avanzan a la vez: construir máquinas más capaces y conseguir que cada cálculo cueste menos. Entre ambas se decidirá cuánto del despliegue actual resulta imprescindible, cuánto habrá sido excesivo y qué problemas podremos resolver con él.

Por ahora, cuando pedimos una respuesta y las palabras aparecen en la pantalla, casi nada revela esa incertidumbre. El servicio parece instantáneo, liviano, disponible. Pero las decisiones que lo sostienen pesan toneladas y duran décadas. Las instalaciones capaces de pedir electricidad como ciudades enteras se están construyendo hoy. Todavía estamos descubriendo todo lo que les vamos a pedir mañana.

¿Y en Uruguay?

La apuesta ya tiene dirección local. Google construye su centro de datos en el Parque de las Ciencias, en Canelones, con una inversión de más de 850 millones de dólares, rediseñado para refrigerarse por aire tras la polémica por el agua durante la sequía de 2023. Y el 14 de octubre de 2026 el gobierno anunció un proyecto de la española Solaria por 5.700 millones de dólares, con una primera fase de 200 MW de centros de datos en Canelones y San José.

Las preguntas de este artículo —cuánta electricidad, qué refrigeración, cuánto empleo permanente— ahora tienen nombre propio. Las repasamos en detalle en Data centers e IA: cuánta energía y agua consumen.