En los años 50, General Mills el gigante de productos alimenticios en EEUU, decide lanzar la línea de productos Betty Crocker. Preparados en polvo que al echarles agua y en apenas segundos, luego de llevados al horno producen un bizcochuelo espectacular, esponjoso, sabroso, casi casi casero.
El producto es espectacular por donde se lo mire. Economiza tiempo, cualquiera lo puede preparar, en términos de uso es claramente un producto ganador. Pero en términos comerciales el producto no lograba despegar en ventas.
Cuenta la historia que General Mills contrata al psicólogo Ernest Dichter quien analizando las opiniones y comportamientos de distintos focus group, concluye que el problema de las mezclas Betty Crocker es que son demasiado fáciles de preparar, requieren de poca o mínima intervención humana. A los efectos del producto final, la conclusión es contraintuitiva, el producto es tan bueno que termina siendo malo.
Según cuenta la historia, las mujeres de la época sentían algo así como “culpa” de no haber trabajado lo suficiente en la preparación de la receta. Otras versiones de la historia aportan además que sencillamente las mezclas no eran lo suficientemente buenas y que los huevos deshidratados eran la causa del problema, usar huevos frescos aportaba calidad al producto final. Otras versiones combinan la culpa, con la calidad de producto final y la necesidad de participar más activamente en la elaboración para sentir al producto como casero.
Sea cual sea la razón, General Mills, en base a los resultados de los estudios llevados a cabo por Ernest Dichter, decide entonces eliminar los huevos deshidratados de sus mezclas, las mismas ahora requieren de huevos frescos además de agua. Las ventas se disparan, Betty Crocker es un éxito y fin de la historia. O no.
Es que más allá de lo novelada que está la historia de marketing detrás de las mezclas de Betty Crocker. O incluso del hecho de que la propia historia haya sido en sí misma una herramienta de difusión del producto, la sensación de que algo es demasiado fácil como para generar satisfacción es un dato psicológico muy humano. Y en un mundo donde las herramientas parecen simplificar procesos humanos, laborales, de pensamiento, creativos y productivos, empieza a ser relevante establecer hasta que grado podemos y debemos buscar la solución completa en nuestras propias recetas.
La Inteligencia Artificial como una herramienta siempre lista a resolver cualquier problema, empieza a ser determinante en casi todas las áreas. Y si hace apenas 24 meses, casi no tenía un espacio en nuestra cotidianidad, hoy irrumpe vertiginosamente en nuestras vidas ayudándonos a resolver problemas, a inspirarnos, a producir e incluso imaginar de una forma tan eficiente que parece lógico que nos hagamos una pregunta clave:
¿Qué tan resuelta queremos la receta de nuestras propias necesidades? ¿será como con Betty Crocker que tuvimos que ser nosotros mismos los que agreguemos los huevos frescos para no sentirnos inútiles?
De la simplificación del hacer a la dirección de los procesos.
Si es humanamente necesario participar de los procesos que nos dan satisfacción cuando completamos una tarea o logramos una meta, entonces las inteligencias artificiales van en una dirección que irremediablemente chocarán con nuestra propia necesidad de merecimiento. ¿Será necesario en el futuro “limitar” la potencia de estos sistemas para que nos permitan participar activamente en procesos aunque no sea necesario? ¿Agregar trabajo humano a la receta solo para sentir satisfacción de lo realizado?
Si los bizcochuelos ya no requieren de la intervención del chef, es posible para el chef ocuparse de otros aspectos, podrá quizás dirigir la cocina con una preocupación menos. Quizás esta analogía sea la cara positiva de la moneda. La IA está permitiendo rápidamente, muy rápidamente, automatizar procesos en distintas áreas. Atraviesa todos los trabajos intelectuales o cognitivos, desde lo más básico al trabajo científico más complejo. En todos los casos, la simplificación de procesos permite dedicarnos a nuestras tareas de una forma más cercana a la dirección de procesos, orquestar más que implementar cada paso o tarea. Más y más en nuestro trabajo cotidiano quedará un espacio libre para ser más “dueños” del producto final aún interviniendo menos en los procesos que producen ese producto final. Aprovechar esta oportunidad será vital en nuestras tareas.